<“Yo soy joven, y vosotros ancianos;
por eso temía y sentía miedo
a exponeros mi pensamiento.
Me decía: “Hablarán los días,
y los muchos años darán
a conocer la sabiduría”;
pero ésta es en el hombre
una inspiración,
y es el soplo del Omnipotente
el que enseña.
No son ancianos los sabios,
ni los viejos los que
comprenden
lo que es justo.
Por eso me atrevo a decir:
"Oídme
y daré yo también mi parecer">
(Job 32, 6-10)

martes, 22 de noviembre de 2011

EL SUJETO DEL CAMBIO: EL JOVEN

Hoy día uno va caminando por la calle y lo único que se encuentra es a gente vieja sentada en los bancos públicos observándote sin vergüenza alguna mientras pasas por delante de ellos. No hay jóvenes. Luego recapacitas y te das cuenta de por qué. Es domingo por la mañana.
Esta breve introducción nos ayuda a descubrir cuál es el problema de los jóvenes. Ya se ha discutido en clase que en esencia el problema es que tenemos miedo a pensar. Pero, ¿por qué tenemos miedo? Lo que intentamos ocultar detrás de todas las noches de descontrol, del afán desmedido de consumir, de la precocidad sexual y de las falsas amistades es nuestro impulso por el cambio. Hablamos de un cambio en primera persona, que uno debe hacer introspectivamente acerca de su vida. Pero este cambio no tiene que ser necesariamente lo bueno, porque el cambio en sí mismo ya es bueno y a lo que debe regirse es al sentido común.
El sujeto de este cambio no puede ser un viejo que cuenta con todas sus manías y prejuicios, sino el joven, el que se cuestiona hasta las verdades más grandes y evidentes y que consigue vencer todo inmovilismo creado por los demás.
¿Y por qué no conseguimos hacer este cambio que parece estar tan metido en nuestra propia conciencia generacional? Porque no nos dejan ni queremos que nos dejen. Nuestra mayor distracción es querer anticiparnos a nuestro envejecimiento y estancarnos, crear un inmovilismo en nuestra vida, que pase sin la menor trascendencia.
Pero este cambio no solo se restringe a nuestra vida interior sino a la sociedad en su conjunto, de la que formamos parte, y de la que somos sus sujetos movilizadores como cada generación de jóvenes ha evidenciado a lo largo de la historia de la humanidad con la infinidad de revoluciones, descubrimientos geográficos, científicos.
Y es precisamente por esto por lo que debemos ser los jóvenes los que tomemos las riendas sueltas del curso de la historia, porque una cosa es cierta, no van a ser nuestros padres o profesores los que lo hagan. Y esta asunción puede marcar una gran diferencia de las transcurridas en el pasado y debe ser el reflejo de nuestra superación, la ausencia de violencia. Hemos de haber aprendido ya esta lección si queremos que los cambios que pretendemos llevar a cabo permanezcan, al menos hasta que la siguiente generación de jóvenes los cambien.

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